
MUJER DE AIRE Habías pronunciado mi nombre en sueños…
La noche andaba buscando las fábulas de aquel antiguo tesoro que habías guardado debajo de tu cama,
cuando empezabas a ser un niño esponja
acunado por el canto de las sirenas.
Allí, habías escuchado por primera vez mi nombre.
Con él, creció inmensa tu sonrisa.
Llevó a tus ojos la llovizna de un amor que aún no conocías.
No habías aprendido a amar todavía,
pero tus ojos brillaban como estrellas en la noche
cuando pensabas en mí…
«Algún día será mía
la mujer del aire y las espumas del mar»
Creciste demasiado rápido, te habías hecho mayor y seguías siendo tan esponja…
Buscando sueños por el mundo, te habías olvidado de mí
y de la fuerza universal de mi nombre.
Y yo, había tenido que estar viviendo todo el tiempo sin ti;
en los versos de los poetas, en los lienzos de los pintores,
en la danza de Venus.
Para que el destino no se olvidara de pronunciarme y pudiese seguir existiendo como una Mujer de Aire.
Esta última noche, volviste a decir mi nombre mientras dormías.
Y tuve que salir de cada verso, de cada lienzo, de la noche y del tiempo de los astros.
Para así, volver a acariciarte en tu sueño de amor alado.
Ahora, ya sabías amar. Habías aprendido muy bien…
Ya podías desdibujarme y volver a crearme entera entre tus manos.
Ya podías borrarme de las venas la mujer de los versos y los poemas para hacerla realidad con tu deseo.
Dejaste en mi blanca desnudez, tus besos.
Se tiñeron tus labios de rojo besando los míos.
Me dejaste en el vientre el frescor y la delicia
de las espumas del atlántico.
Y yo, respiraba de tu cuerpo mientras tú entrabas en mí
consciente de que ya nunca podrías olvidarme.
Consciente de que, tal vez algún día:
yo volvería a ser del aire y tú, del océano.
He despertado esta noche entrelazada a tu sueño.
He despertado con los cabellos rojos
como el color de mis labios y de tu fuego.
He despertado con las palabras al viento
y una manta de flores, cubriendo mi deseo.
Ahora sé que no debo tener miedo de nada.
Ni siquiera de tus labios cuando me pronuncien.
Ni siquiera de mi incendio cuando me deje desnuda
para que tú me tengas:
Mujer de Aire y Fuego
Alan: Entre el Cielo y la Tierra — el nombre ya lo dice todo: este es el espacio donde no pisas suelo firme, y hoy no vamos a pisar ninguno.
Jane: Hoy recorremos el territorio de Mayde Molina: un poema que habita entre el sueño y el deseo, entre la figura que espera y el hombre que tarda en aprender a amar. Empecemos con la mujer que da nombre a todo esto.
Mujer de aire
Alan: El poema plantea una pregunta que no formula directamente: ¿qué le ocurre a una figura amada cuando el que la sueña crece y la olvida? La mujer de aire no desaparece — tiene que sobrevivir en otro sitio mientras el mundo sigue girando sin ella.
Mara: El poema lo dice con una precisión que duele un poco. Después de que él la olvida al hacerse mayor, ella escribe: «yo, había tenido que estar viviendo todo el tiempo sin ti; en los versos de los poetas, en los lienzos de los pintores, en la danza de Venus.»
Alan: Es decir, que ella no muere cuando él la abandona — se archiva. Pasa a existir como material cultural, como préstamo entre artistas, hasta que alguien vuelva a pronunciar su nombre con suficiente convicción.
Jane: Y eso es exactamente lo que ocurre. Él regresa, ya adulto, ya capaz de amar. El poema marca ese umbral con claridad: «Ya podías desdibujarme y volver a crearme entera, entre tus manos.» La creación y el deseo son el mismo acto.
Alan: Hay algo casi inquietante en esa lógica — ella necesita ser nombrada para existir, y él necesita aprender a amar para poder nombrarla. Son dependencias cruzadas que el poema no resuelve, solo habita.
Jane: La segunda parte del poema cambia de voz y de temperatura. Ella habla ya desde dentro del encuentro: «He despertado esta noche, entrelazada a tu sueño. He despertado, con los cabellos rojos como el color de mis labios y de tu fuego.» El aire se convierte en fuego.

Alan: El título lo confirma al final — ya no es solo mujer de aire, es «Mujer de Aire y Fuego.» Como si el encuentro la completara, o la transformara en algo que él no podrá contener tan fácilmente.
Jane: Y el poema cierra con esa ambigüedad intacta: él ya no podrá olvidarla, pero ella sabe que quizás algún día volverá a ser del aire. La permanencia nunca se garantiza del todo.
Alan: El aire, el fuego, el sueño como único lugar donde ciertas cosas pueden ocurrir. No es mal territorio para quedarse.
Jane: La próxima vez, seguimos explorando qué vive entre el Cielo y la Tierra.

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